Había más: pagos de cocina, remodelación, electrodomésticos y mensualidades.
Lucía recorrió las fechas.
En marzo, Ricardo dijo que una laptop para Mateo era “un lujo”. Dos días después transfirió $70,000 para el otro departamento.
En mayo rechazó un curso de inglés porque “había que ahorrar”. Esa semana adelantó pagos hipotecarios.
En julio canceló las vacaciones familiares y compró electrodomésticos para Paola.
—No quiero pelear por cada peso —dijo Lucía.
—Ni lo haremos. Sólo por lo que pueda probarse.
Esa tarde Paola llamó.
—Ricardo quiere que firme un contrato de préstamo con fecha anterior. Dice que así puede justificar todo.
—¿Existió ese préstamo?
—Nunca.
Al fondo se escuchó a Ricardo exigirle el teléfono. La llamada se cortó.
Paola marcó de nuevo veinte minutos después.
—Se fue. Me negué. También le devolví el anillo.
—¿Terminaron?
—Me dijo que, si no lo ayudaba, pagaría sola la hipoteca. Ahí entendí cuánto valía su amor.