Cuando la enfermedad de Susana se agravó, Samuel notó una mañana que las cortinas seguían cerradas al mediodía.

Esa noche, a las nueve en punto, Samuel entró por reflejo al cuarto de huéspedes. La cama estaba vacía, la silla de madera aún al lado. Se sentó y, por primera vez en ocho años, no le habló a su hermana muerta. No pidió perdón. No repitió su error. Simplemente permaneció en silencio. Luego se levantó, abrió la ventana y dejó entrar el aire de la noche.

Susana no lo había necesitado por ser un hombre extraordinario, ni él la había cuidado por una casa o por dinero. Eran dos personas solitarias que se encontraron cuando cada una cargaba un dolor que la otra podía comprender. Él hizo menos solitarias sus últimas semanas; ella logró, en pocos meses, lo que él no había podido en ocho años: convencerlo de que seguir viviendo no significaba olvidar

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