Compartían padre.
Pero habían crecido en mundos opuestos por culpa de una mentira que nunca funcionó como sus autores habían imaginado.
Mateo había recibido privilegios porque Mauricio creyó que era hijo de Lorena.
Diego había recibido desprecio porque Lorena creyó que era hijo de Elena.
Mauricio y Lorena habían repartido amor y crueldad según una filiación que ni siquiera era cierta.
—Mauricio me juró que Mateo era mío —murmuró Lorena.
—Y murió creyéndolo durante 30 años —respondió Elena—. Hasta aquella noche en la UCI.
Claudia, la hermana de Mauricio, levantó repentinamente la cabeza.
—¿Eso fue lo que le dijiste cuando comenzaron a sonar los monitores?
—Sí.
Claudia se llevó una mano a la boca.
Elena la observó.
—Aunque tú ya sabías parte de la historia.
Todos miraron a Claudia.
Su marido fue el primero en reaccionar.
—¿Qué parte?
Claudia bajó la vista.