Cuando mi marido, desde la cama del hospital, me confesó que llevaba 30 años creyendo que yo criaba al hijo de su amante, todos esperaron verme derrumbarme. Él sonrió y dijo: “Criaste al hijo de la mujer que siempre amé”. Yo no lloré: saqué del bolso una vieja pulsera de maternidad y la puse frente a él. Entonces le susurré que aquella noche yo también había entrado en la habitación de los bebés.

El abogado de Elena abrió entonces la segunda carpeta.

Aquello ya no tenía que ver con los bebés.

Durante años, la funeraria Ferrer había ofrecido planes de previsión a personas mayores de Valencia y municipios cercanos.

Muchos clientes habían pagado por adelantado sus servicios funerarios para evitar que sus hijos tuvieran que afrontar aquellos gastos.

Pero Elena había descubierto decenas de contratos cuyo dinero ya no existía en las cuentas destinadas a cubrirlos.

Una parte había mantenido a flote la empresa.

Otra había terminado en bienes y gastos vinculados a Lorena.

El apartamento donde vivía.

Su centro de estética.

Viajes.

Joyas.

Transferencias periódicas.

—Yo nunca pregunté de dónde salía —dijo Lorena.

—Eso tendrá que explicarlo donde corresponda —contestó el abogado—. Hay fondos reclamados y bienes comprados con dinero que podría proceder directamente de esas operaciones.

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