—Puedo cambiar.
—Quizá.
—Déjame demostrarlo.
Diego guardó silencio antes de responder.
—Si algún día puedo mirarla sin recordar al niño que fui cuando usted entraba por la puerta, quizá podamos hablar. Pero no construya su vida esperando ese día.
Después se marchó.
Con Mateo ocurrió algo diferente.
Él y Diego comenzaron tratándose con una cortesía casi ridícula.
—Doctor.
—Técnico.
—Señor huesos rotos.
—Señor ambulancias.
Hasta que un domingo Mateo decidió invitarlo a comer.
—Mi madre hace una lasaña capaz de mandar a cualquiera a urgencias. Si sobrevives, podemos considerarte familia.
Diego llegó con un frasco de mermelada.
—La he hecho yo.
Mateo lo examinó.
—No te creo.
—La elegí personalmente en el supermercado, la llevé hasta la caja y esperé 14 minutos. No minimices el esfuerzo.
Elena los escuchó discutir en la cocina.
Tuvo que apoyarse en la encimera.