Durante la segunda noche, Elena salió de su habitación buscando ayuda porque tenía fiebre. Al pasar cerca de neonatos vio a Mauricio entrar acompañado por Verónica, hermana de Lorena y enfermera del turno nocturno.
Elena se escondió.
Y observó.
Mauricio retiró las pulseras identificativas de 2 recién nacidos.
Colocó la de su hijo en el bebé de Lorena y la del otro niño en su propio hijo.
Creía estar intercambiándolos.
Creía que Elena se llevaría a casa al hijo de su amante.
Pero cuando Mauricio desapareció por el pasillo, Elena entró temblando.
Reconoció inmediatamente la mancha rosada.
Volvió a colocar cada pulsera donde correspondía.
Después guardó una de las identificaciones originales.
Y permaneció en silencio.
No porque lo hubiera perdonado.
Porque tenía miedo.
Mauricio tenía dinero, contactos y una familia capaz de convertir cualquier denuncia en una guerra.