Cuando mi marido, desde la cama del hospital, me confesó que llevaba 30 años creyendo que yo criaba al hijo de su amante, todos esperaron verme derrumbarme. Él sonrió y dijo: “Criaste al hijo de la mujer que siempre amé”. Yo no lloré: saqué del bolso una vieja pulsera de maternidad y la puse frente a él. Entonces le susurré que aquella noche yo también había entrado en la habitación de los bebés.

Lorena palideció.

—Renuncio a la herencia.

—Puedes renunciar a los bienes —respondió Elena—. No a explicar el dinero que recibiste.

En ese momento apareció Mateo.

Lorena sonrió, convencida de conservar todavía una última victoria.

—Ven aquí. Ha llegado la hora de decirte quién es tu verdadera madre.

Elena levantó la mirada.

La puerta volvió a abrirse.

Y detrás de Mateo apareció Diego.

PARTE 3

El silencio dentro de la notaría fue tan denso que hasta el ruido del tráfico de Valencia parecía haberse apagado detrás de las ventanas.

Mateo permaneció cerca de la puerta.

Todavía llevaba debajo de la chaqueta parte del uniforme sanitario con el que había salido del hospital.

Miró primero a Lorena.

Después a Elena.

—¿Qué significa eso de mi verdadera madre?

Lorena respiró hondo, levantó la barbilla y abrió los brazos como si esperara que Mateo corriera hacia ella.

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