DE NIÑA ESTABA CONVENCIDA DE QUE EN CASA DE MI ABUELA HABÍA UNA MAGIA ESPECIAL…

El abuelo tenía otra forma de recibirnos. Podía estar leyendo el periódico, escuchando la radio o arreglando cualquier cosa, pero al vernos dejaba lo que estaba haciendo. «¡Hombre, por fin os acordáis de los viejos!», decía sonriendo, aunque nos hubiera visto hacía apenas unos días.

Y entonces la casa se llenaba de vida. Llegaban más familiares, faltaban sillas, todos hablaban a la vez y nosotros desaparecíamos con nuestros primos. En verano, las persianas permanecían medio bajadas para proteger la casa del calor. Dentro había una agradable penumbra, desde la cocina llegaba el olor de la comida y desde la calle se escuchaban nuestras voces.

Conocíamos cada rincón: el armario que no debíamos abrir, dónde escondía la abuela los dulces, qué escalón crujía, cuál era la silla del abuelo y dónde estaban aquellas fotografías antiguas que habíamos visto cien veces.

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