DE NIÑA ESTABA CONVENCIDA DE QUE EN CASA DE MI ABUELA HABÍA UNA MAGIA ESPECIAL…

Después de comer comenzaba la sobremesa. Hoy daría cualquier cosa por sentarme de nuevo allí y escuchar aquellas conversaciones. Entonces, en cambio, nos parecían interminables. Los mayores tomaban café y nosotros solo pensábamos en volver a salir.

No sabíamos que algún día echaríamos de menos precisamente aquella mesa tan corriente: el mismo mantel, las tazas de café, la abuela recogiendo aunque todos le dijeran que se sentara y el abuelo contando por enésima vez una historia que todos conocíamos.

Cuando nos marchábamos, mi abuela siempre nos acompañaba hasta la puerta: «Venid más a menudo, no tardéis tanto».

«Sí, abuela, volveremos».

Y lo decíamos convencidos. Porque de niños creemos que ciertas cosas no pueden terminar. Que la casa de los abuelos siempre estará allí, que el abuelo seguirá sentado en su sitio, que la abuela volverá a abrirnos la puerta y que siempre habrá otro domingo.

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