Pero pasan los años. Llegan el trabajo, los hijos, las obligaciones. La familia se reparte por distintas ciudades y aquellas visitas que antes sucedían espontáneamente ahora necesitan agendas y semanas de organización.
A veces la casa incluso sigue en el mismo lugar. Pero dentro ya hay otros muebles, otras voces, otras vidas.
Y entonces entiendes que nunca echaste de menos las paredes.
Echas de menos aquella época en la que alguien se alegraba de verdad con solo escuchar que se abría la puerta. Cuando siempre aparecía una silla más alrededor de la mesa. Cuando podías llegar sin avisar y jamás sentías que molestabas.
Y, sobre todo, echas de menos a esas personas que consiguieron que la palabra «casa» significara mucho más que una dirección.
A veces los momentos más felices de nuestra vida pasan sin que nos demos cuenta. Solo comprendemos lo felices que fuimos cuando ya no podemos volver a vivirlos. ❤️