DE NIÑA ESTABA CONVENCIDA DE QUE EN CASA DE MI ABUELA HABÍA UNA MAGIA ESPECIAL…

Conocíamos cada rincón: el armario que no debíamos abrir, dónde escondía la abuela los dulces, qué escalón crujía, cuál era la silla del abuelo y dónde estaban aquellas fotografías antiguas que habíamos visto cien veces.

Después de comer comenzaba la sobremesa. Hoy daría cualquier cosa por sentarme de nuevo allí y escuchar aquellas conversaciones. Entonces, en cambio, nos parecían interminables. Los mayores tomaban café y nosotros solo pensábamos en volver a salir.

No sabíamos que algún día echaríamos de menos precisamente aquella mesa tan corriente: el mismo mantel, las tazas de café, la abuela recogiendo aunque todos le dijeran que se sentara y el abuelo contando por enésima vez una historia que todos conocíamos.

Cuando nos marchábamos, mi abuela siempre nos acompañaba hasta la puerta: «Venid más a menudo, no tardéis tanto».

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