DE NIÑA ESTABA CONVENCIDA DE QUE EN CASA DE MI ABUELA HABÍA UNA MAGIA ESPECIAL…

Y la mesa parecía hacerse más grande.

Aparecían pan, queso, aceitunas, jamón, chorizo, un trozo de tortilla que había quedado del mediodía o cualquier cosa que tuviera preparada. Si hacía falta, calentaba un guiso que pensaba guardar para la cena. Nosotros insistíamos en que no teníamos hambre. Ella ni discutía: simplemente nos ponía un plato delante.

El abuelo tenía otra forma de recibirnos. Podía estar leyendo el periódico, escuchando la radio o arreglando cualquier cosa, pero al vernos dejaba lo que estaba haciendo. «¡Hombre, por fin os acordáis de los viejos!», decía sonriendo, aunque nos hubiera visto hacía apenas unos días.

Y entonces la casa se llenaba de vida. Llegaban más familiares, faltaban sillas, todos hablaban a la vez y nosotros desaparecíamos con nuestros primos. En verano, las persianas permanecían medio bajadas para proteger la casa del calor. Dentro había una agradable penumbra, desde la cocina llegaba el olor de la comida y desde la calle se escuchaban nuestras voces.

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