Verónica bajó la mirada.
—La copié.
Doña Teresa empezó a llorar.
—¿Cómo pudiste, hija?
Verónica apretó los labios.
—Yo solo necesitaba empezar otra vez.
—¿A costa de dejarnos morir aquí? —preguntó su madre.
Aquella pregunta la derrumbó.
Verónica se sentó en un escalón y cubrió su rostro con las manos.
Alejandro no sintió satisfacción.
Era su hermana.
La misma niña que alguna vez le guardaba tortillas calientes cuando él regresaba de la parcela.
Pero frente a él también estaba la mujer que había encerrado a sus padres.
Ambas cosas podían ser ciertas.
—Las llaves —repitió.
Esta vez Veró