—Es muy fácil hablar cuando tienes dinero.
—¿Cuánto debes?
—Eso no importa.
—¿Cuánto?
Verónica tardó unos segundos.
—Un millón ciento ochenta mil.
Alejandro abrió los ojos.
La boutique que había intentado abrir en Querétaro había terminado en deudas con proveedores, dos créditos personales y préstamos informales. Cuando perdió el negocio regresó al pueblo y descubrió que la propiedad familiar podía valer más de tres millones de pesos por el crecimiento turístico de la zona.
Había visto en aquella casa su salida.
Primero tomó el control de los treinta y cinco mil pesos que Alejandro depositaba cada mes.
Después utilizó el poder que sus padres habían firmado para hacer movimientos bancarios.
En ocho meses había retirado casi doscientos cuarenta mil pesos.
Cuando aquello dejó de ser suficiente, comenzó a preparar la venta.
—¿Y la firma de mi papá?