Alejandro entró sin discutir.
Pero comenzó a observar.
En el patio estaba el viejo suéter gris que su padre utilizaba cada diciembre, cubierto de polvo.
Sobre una mesa encontró sus lentes de lectura con una patilla torcida.
En la cocina había un solo plato usado.
Y la habitación de sus padres estaba cerrada con llave.
—Desde que regresé al pueblo yo administro todo —explicó Verónica—. La casa, las cuentas, hasta el dinero que mandas. Los viejitos ya no están para preocuparse por esas cosas.
La frase molestó a Alejandro.
Sus padres podían ser mayores, pero jamás habían sido irresponsables.
Esa tarde salió al patio y encontró a don Rogelio esperándolo junto a la cerca.
—Alejandro… hace meses que nadie ve a tus padres.
Sintió que se le helaban las manos.
—¿Cómo que meses?
—Ni en misa, ni en la tienda, ni con el médico. Tu hermana siempre dice algo distinto. Y hace cuatro meses corrió a Rosalía, la señora que los ayudaba. Rosalía salió llorando diciendo que tus papás estaban en problemas.