Alejandro regresó a la casa fingiendo tranquilidad.
Durante la cena pidió llamar a sus padres.
—No hay señal donde están —respondió Verónica.
—¿Y cuándo regresan?
—Tal vez después de Año Nuevo.
Esa noche Alejandro no pudo dormir.
Cerca de las dos de la madrugada escuchó un ruido.
Un golpe.
Luego otro.
Lento.
Débil.
Venía desde debajo de la cocina.
Caminó descalzo hasta allí y apoyó una mano sobre el piso.
Entonces volvió a escucharlo.
Tres golpes pequeños.
Como si alguien, debajo de aquella casa, estuviera suplicando que lo encontraran.
Y Alejandro todavía no podía imaginar lo que estaba a punto de descubrir bajo el hogar donde había crecido…
PARTE 2
Alejandro recordó de inmediato la vieja bodega subterránea que su abuelo había construido décadas atrás para guardar costales de maíz y frascos de conserva durante la temporada de lluvias.