Encendió la linterna del celular.
—¿Papá?
Silencio.
Bajó.
—¿Mamá?
Entonces escuchó una respiración.
Al fondo del sótano habían colocado una división de barrotes metálicos y un candado.
Detrás, sobre un colchón delgado, había dos personas cubiertas con cobijas.
Alejandro dejó caer el teléfono.
—¡Mamá!
Doña Teresa levantó lentamente la cabeza.
Tardó varios segundos en reconocerlo.
—¿Alejandro?
Él corrió hacia las rejas.
Su madre estaba extremadamente delgada. Don Joaquín apenas podía incorporarse.
Alejandro tomó la mano de Teresa a través de los barrotes.
—¿Quién les hizo esto?
Su padre cerró los ojos.
—Tu hermana.
Durante casi cuatro meses Verónica los había mantenido encerrados.
Todo comenzó después de regresar de Querétaro, donde había fracasado un negocio de ropa y acumulado deudas que superaban el millón de pesos.
Al principio dijo que había regresado para cuidar a sus padres.