La entrada estaba detrás de una alacena pesada en la cocina.
Cuando era niño bajaba allí con su padre.
Pero llevaba años sin pensar en aquel lugar.
Empujó cuidadosamente el mueble.
La puerta seguía allí.
Lo extraño era la cerradura.
Era nueva.
Alejandro intentó abrirla, pero estaba asegurada.
Regresó a su habitación antes de que Verónica despertara.
A la mañana siguiente desayunó con ella fingiendo normalidad.
—Voy al banco de Actopan —dijo Verónica mientras tomaba las llaves del coche—. Regreso en un par de horas.
Alejandro esperó hasta verla desaparecer por el camino.
Después comenzó a buscar.
Recordaba que su padre escondía copias de ciertas llaves dentro de una lata de café en el cobertizo.
La encontró detrás de unas herramientas viejas.
Dentro había cuatro llaves oxidadas.
Una logró abrir el mecanismo antiguo de la puerta.
Cuando empujó la madera, una corriente de aire húmedo le golpeó el rostro.