En ese instante escucharon pasos arriba.
Luego el ruido de la puerta de la cocina.
Alejandro se incorporó.
—¿Alejandro? —gritó Verónica desde arriba.
Silencio.
Los pasos comenzaron a bajar.
Tac.
Tac.
Tac.
Hasta que Verónica apareció en el último escalón.
Llevaba el bolso colgado del hombro y el manojo de llaves apretado en una mano.
Su rostro ya no mostraba sorpresa.
Solo furia.
—Te dije que no bajaras aquí.
Alejandro se colocó delante de sus padres.
—Abre la reja.
—No sabes lo que estás haciendo.
—Abre.
Verónica soltó una risa amarga.
—Claro. Llegas después de doce años y ahora quieres jugar al hijo perfecto.
—Esto no tiene nada que ver conmigo. Mira cómo están.
—¡Todo tiene que ver contigo! —gritó ella—. Tú eras el exitoso. Tú eras el orgullo. Yo regresé quebrada y nadie preguntó qué necesitaba.
Alejandro señaló a sus padres.