No me avisó.
Lo supe porque el portero llamó a las siete y veinte de la mañana.
—Señora Bennett, hay un caballero aquí preguntando por usted.
Antes de que pudiera responder escuché la voz de Adrian al fondo.
—Clara, sé que estás ahí.
Cerré los ojos.
Durante tres años aquella voz había sido suficiente para alterar mi pulso.
Esa mañana no sentí nada.
—No lo deje subir.
Colgué.
Cinco minutos después volvió a sonar el teléfono.
Esta vez era el móvil de Teresa.
—Está furioso.
—Que se enfade.
—Dice que llamará a la policía porque te llevaste a Sophie.
—Que llame.
Hubo un silencio.
Luego Teresa soltó una pequeña risa.
—Definitivamente volviste.
A las nueve, cuando salía hacia la oficina, Adrian seguía en la acera.
Llevaba el mismo abrigo oscuro que había usado en nuestros viajes a Nueva York.