Después de cuatro años postrada en una cama, mi suegra amaneció con el abdomen tan hinchado que apenas podía respirar. “Si la llevan al hospital, se arrepentirán”, nos advirtió mi suegro. Yo llamé a emergencias mientras mi esposo revisaba la grabación de una cámara escondida. Apenas aparecieron las imágenes de la noche anterior, comprendimos que aquella amenaza ocultaba algo mucho más terrible.

Los médicos consiguieron estabilizar algunos de los valores de Elena, pero su organismo seguía muy debilitado.

Cada mañana esperábamos noticias con una esperanza que parecía hacerse más pequeña.

A veces abría los ojos cuando escuchaba nuestras voces.

Otras veces permanecía profundamente dormida.PARTE 3

Cuando llegamos al área de cuidados intensivos, encontramos a dos enfermeras intentando impedir que una mujer entrara en la habitación de Elena.

Tenía unos cuarenta años, el cabello teñido de rubio y una bata blanca sobre su ropa. En una mano sostenía una bolsa de plástico; con la otra intentaba apartar a una de las enfermeras.

—¡Me están haciendo perder el tiempo! —gritaba—. ¡El esposo de la paciente me autorizó a traerle su medicamento!

—Aquí nadie puede administrar sustancias sin una orden médica —respondió la enfermera.

Daniel se quedó paralizado.

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