Laura confesó lo mínimo: venía de San Luis Potosí, acababa de divorciarse, había perdido su empleo y pensaba quedarse con una antigua compañera mientras buscaba trabajo. No dijo que su exmarido la había engañado durante casi un año ni que había quedado con poco dinero y un niño al que prometió que todo estaría bien.
Antes de dormir, Alejandro abrió una habitación de huéspedes.
—Quédense el tiempo que necesiten.
—¿Por qué haría eso por nosotros?
Él miró el pasillo vacío.
—Porque hoy me dijeron que voy a morir y descubrí que esta casa lleva años pareciendo muerta antes que yo.
Nueve días después, Laura ya tenía entrevistas. Mateo conocía cada rincón del jardín y había adoptado al gato gris de Alejandro, Churro.
Entonces apareció Rodrigo, el sobrino de Alejandro.