—¿Tú sabías?
Adrián no contestó.
Camila continuó llorando.
—Él compró la barriga falsa. Me dijo que solo serían unas semanas. Que todos serían más pacientes conmigo si pensaban que estaba embarazada.
De pronto todas las piezas encajaron.
Los mareos.
La imposibilidad de ayudar con nada.
La necesidad de una habitación mejor.
El supuesto “nieto” usado cada vez que yo imponía un límite.
Hasta Teresa había sido manipulada, aunque eso no borraba todo lo que me había hecho.
Ella comenzó a insultar a Adrián y a Camila.
—¡Nos hicieron hacer el ridículo! ¡Yo defendiendo a esa criatura todos los días!
La miré con frialdad.
—Usted no defendía a un bebé. Utilizaba a un bebé para justificar entrar en mi casa, mover mis cosas y decidir sobre mi vida.
Después miré a Camila.
—Y ahora quiero mis 2,500 pesos.