Sacó el dinero de su bolso con las manos temblando.
—Perdón.
Lo recibí.
No porque esos billetes fueran importantes.
Sino porque necesitaba que quedara claro que ni el dolor, ni el miedo ni las deudas convertían un robo en algo aceptable.
—Recojan todo —dije—. Y no vuelvan.
Bajo la mirada de los oficiales fueron sacando las mismas bolsas, cajas y aparatos con los que semanas antes habían invadido mi casa.
Teresa se detuvo en el portón.
—¿También vas a echar a tu propio marido?
Miré a Rodrigo.
Aquel hombre había compartido mi mesa, mi cama y seis años de vida.
También había mentido por dinero, permitido que su familia planeara desgastarme, intentado comprometer mi patrimonio y me había golpeado cuando le pedí que respetara mis límites.
—Rodrigo tomó su decisión mucho antes que yo.
Él no dijo nada.