Después de tres años engañándome con anticonceptivos, mi marido dejó sobre la mesa cuatro cápsulas peligrosas y dijo con indiferencia: “Son de calcio”. Yo reconocí lo que eran, fingí tomarlas y esa misma noche desaparecí. Él creyó que su descuido me había matado; lo que no sabía era que mi ausencia activaría un testamento, millones en contratos y la caída de toda su familia.

Su imagen de heredera perfecta se desmoronó. También salió a la luz que había exagerado sus estudios y la fortuna de su familia.

Alejandro recibió la noticia sin sorpresa.

Rodrigo, incómodo, le confesó algo más:

—Yo investigué a Valeria hace tres años. Encontré inconsistencias. Quise mostrártelas.

—¿Y por qué no lo hiciste?

—Porque me dijiste: “De Valeria no te metas.”

Alejandro guardó silencio. Había rechazado la verdad cada vez que no coincidía con lo que quería creer.

Tres días más tarde, Mariana aceptó verlo en un café privado de la colonia Americana.

Alejandro llegó media hora antes.

Cuando ella entró, él se puso de pie.

Mariana llevaba pantalón blanco, suéter negro y el cabello suelto. No parecía enojada. Eso fue lo que más le dolió.

Parecía libre.

—Te ves diferente —dijo él.

—Lo estoy.

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