Mariana se sentó.
—¿Firmaste el divorcio?
—Todavía no.
—Entonces no tenemos mucho que hablar.
Alejandro apretó las manos.
—Quiero pedirte perdón.
—¿Por qué cosa?
Él levantó la mirada.
—Por todo.
Mariana soltó una sonrisa triste.
—“Todo” es una palabra cómoda. ¿Quieres hablar de las cápsulas que intentaste hacerme tomar durante tres años? ¿De las veces que permitiste que tu madre me tratara como empleada? ¿De cuando Valeria entraba a nuestra casa y tú me pedías que le sirviera café? ¿O del día que viste un frasco sin etiqueta y decidiste decirme que era calcio porque ni siquiera te importaba averiguar qué contenía?
—Yo no sabía que era tóxico.
—Ese es exactamente el problema, Alejandro. No sabías porque no te importaba.
La frase lo dejó inmóvil.
Mariana continuó:
—Yo descubrí a la semana que las primeras cápsulas eran hormonas. Las guardé porque necesitaba pruebas. Al principio pensé en enfrentarme contigo. Luego me di cuenta de algo peor: si te reclamaba, ibas a mentir. Si te mostraba los análisis, ibas a culpar a alguien más. Si lloraba, tu madre diría que era una dramática. Así que dejé de esperar que ustedes cambiaran.