Después de tres años engañándome con anticonceptivos, mi marido dejó sobre la mesa cuatro cápsulas peligrosas y dijo con indiferencia: “Son de calcio”. Yo reconocí lo que eran, fingí tomarlas y esa misma noche desaparecí. Él creyó que su descuido me había matado; lo que no sabía era que mi ausencia activaría un testamento, millones en contratos y la caída de toda su familia.

—No es solo por tu apellido.

—Lo sé. Ahora de verdad estás arrepentido. Pero el arrepentimiento no obliga a la víctima a volver.

Sacó una pluma de su bolso y la dejó junto a la carpeta.

—Firma.

Alejandro miró el documento.

—¿Y si no lo hago?

—Entonces nos veremos en tribunales.

Se levantó, pero antes de irse recordó algo.

—Hay una cláusula del testamento de tu abuelo que nunca te explicaron. Si el matrimonio terminaba por maltrato, fraude o abandono atribuible a la familia Cárdenas, el treinta y uno por ciento de las acciones que él dejó condicionadas pasaban a mi fideicomiso.

Alejandro levantó la cabeza.

El treinta y uno por ciento era suficiente para cambiar el control de la empresa.

—¿Vas a quedarte con Laboratorios Cárdenas?

—No.

Mariana lo miró por última vez.

—No quiero tu empresa. Quiero mi libertad.

Al día siguiente, Alejandro firmó.

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