Varios productores de plantas medicinales de Puebla y Oaxaca cancelaron de golpe sus contratos con Laboratorios Cárdenas. Las entregas se detuvieron. Una línea de productos quedó paralizada. En una semana, las pérdidas superaban los cien millones de pesos.
—Dicen que solo trabajaban con Mariana —explicó Rodrigo.
Alejandro soltó una risa incrédula.
—Mariana era ama de casa.
Rodrigo abrió una carpeta.
—Hace dos años tú le encargaste esa cadena de suministro porque nadie quería viajar a las comunidades. Ella resolvió todos los conflictos y firmó los convenios personalmente.
Alejandro leyó el contrato. Era impecable. Mejor que muchos documentos preparados por su propio departamento jurídico.
Entonces la puerta de la sala de juntas se abrió.
Entró un hombre de cabello blanco, traje oscuro y bastón de madera. Alejandro lo reconoció al instante: don Rafael Salazar, fundador de Grupo Salazar Biociencias, uno de los empresarios farmacéuticos más poderosos de México.
El anciano no aceptó café.
Solo miró a Alejandro y dijo:
—Vine por mi hija.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Su hija?
Don Rafael lo sostuvo con una mirada helada.
—Mariana Salazar es mi hija biológica. La niña que busqué durante doce años.
El silencio cayó como una losa.
Y cuando Alejandro entendió a quién había humillado, engañado y posiblemente matado durante tres años, todavía no podía imaginar lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
Don Rafael explicó que Mariana había sido secuestrada cuando tenía tres años y encontrada muchos años después. Para protegerla, él había bloqueado parte de su información personal. El abuelo de Alejandro, amigo suyo desde hacía décadas, fue quien propuso el matrimonio, convencido de que los Cárdenas la cuidarían.
—Les di tres años —dijo don Rafael—. Tres años para que ella decidiera si quería construir una familia con ustedes. Hoy venía a llevarla conmigo. Y tú me dices que desapareció después de tomar un compuesto tóxico.
Se puso de pie.
—Tienes siete días. Viva, quiero verla. Muerta, quiero recuperar su cuerpo. Si no aparece, voy a desmantelar todo lo que lleve el apellido Cárdenas.
Alejandro buscó día y noche y, al hacerlo, comenzó a descubrir a la mujer que había vivido junto a él sin que él se molestara en conocerla.