Su madre, Teresa, le daba a Mariana apenas dos mil pesos al mes para gastos personales. De esa cantidad, ella usaba menos de quinientos. El resto lo enviaba a una escuela rural de la Sierra Norte de Puebla.
Y todas las noches, entre las once y las cuatro de la mañana, salía de la casa.
Alejandro creyó durante años que quizá veía a otro hombre.
La verdad era mucho más humillante para él.
Mariana atendía pacientes en una pequeña clínica de medicina tradicional y fitoterapia en el centro de Guadalajara. Lo hacía de manera discreta, casi siempre gratis para personas mayores o familias sin recursos.
El director de la clínica lo recibió con desprecio.
—¿Usted es el esposo? Qué curioso. Mariana trabajó aquí tres años y jamás vino a buscarla.
Le contó que ella tenía un doctorado en Ciencias Farmacéuticas y había trabajado con uno de los investigadores más respetados del país.
—Cuando terminaba aquí a las cuatro de la mañana, regresaba a su casa para prepararles el desayuno —añadió—. Su familia nunca supo quién estaba lavando sus platos.
Alejandro sintió vergüenza por primera vez.
Luego apareció otra pieza.
Sofía Reyes, investigadora de un centro nacional, pidió verlo y colocó sobre la mesa diplomas, publicaciones y reconocimientos.
—Mariana fue mi mentora. Tiene veintisiete artículos científicos y premios nacionales. Nunca fingió ser ignorante. Ustedes decidieron que lo era.
Alejandro pensó en el frasco.
Le explicó lo ocurrido.
Sofía palideció, pero enseguida frunció el ceño.
—Mariana puede reconocer compuestos por olor, textura y sabor. Si esas cápsulas eran tan peligrosas como dices, ella lo supo antes de tragarlas.
Alejandro dejó de respirar.
—¿Qué estás diciendo?
—Que tal vez nunca las tomó.
Regresó a la casa como un loco. Revisó el cuarto donde Mariana dormía desde hacía meses, un antiguo almacén de apenas cuatro metros cuadrados junto a la cocina. Movió libros, cajas, una maceta reseca.
Debajo encontró una bolsa sellada.
Dentro había cientos de cápsulas.
Las mismas que él llevaba tres años entregándole como “vitaminas”.
Mariana había descubierto la mentira mucho antes y había fingido tomarlas.
Otra cámara mostró a Mariana salir con el frasco experimental y arrojar discretamente cuatro cápsulas a una coladera.