Su madre, Teresa, le daba a Mariana apenas dos mil pesos al mes para gastos personales. De esa cantidad, ella usaba menos de quinientos. El resto lo enviaba a una escuela rural de la Sierra Norte de Puebla.
Y todas las noches, entre las once y las cuatro de la mañana, salía de la casa.
Alejandro creyó durante años que quizá veía a otro hombre.
La verdad era mucho más humillante para él.
Mariana atendía pacientes en una pequeña clínica de medicina tradicional y fitoterapia en el centro de Guadalajara. Lo hacía de manera discreta, casi siempre gratis para personas mayores o familias sin recursos.
El director de la clínica lo recibió con desprecio.
—¿Usted es el esposo? Qué curioso. Mariana trabajó aquí tres años y jamás vino a buscarla.
Le contó que ella tenía un doctorado en Ciencias Farmacéuticas y había trabajado con uno de los investigadores más respetados del país.