Después de tres años engañándome con anticonceptivos, mi marido dejó sobre la mesa cuatro cápsulas peligrosas y dijo con indiferencia: “Son de calcio”. Yo reconocí lo que eran, fingí tomarlas y esa misma noche desaparecí. Él creyó que su descuido me había matado; lo que no sabía era que mi ausencia activaría un testamento, millones en contratos y la caída de toda su familia.

Su madre, Teresa, le daba a Mariana apenas dos mil pesos al mes para gastos personales. De esa cantidad, ella usaba menos de quinientos. El resto lo enviaba a una escuela rural de la Sierra Norte de Puebla.

Y todas las noches, entre las once y las cuatro de la mañana, salía de la casa.

Alejandro creyó durante años que quizá veía a otro hombre.

La verdad era mucho más humillante para él.

Mariana atendía pacientes en una pequeña clínica de medicina tradicional y fitoterapia en el centro de Guadalajara. Lo hacía de manera discreta, casi siempre gratis para personas mayores o familias sin recursos.

El director de la clínica lo recibió con desprecio.

—¿Usted es el esposo? Qué curioso. Mariana trabajó aquí tres años y jamás vino a buscarla.

Le contó que ella tenía un doctorado en Ciencias Farmacéuticas y había trabajado con uno de los investigadores más respetados del país.

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