Después de tres años engañándome con anticonceptivos, mi marido dejó sobre la mesa cuatro cápsulas peligrosas y dijo con indiferencia: “Son de calcio”. Yo reconocí lo que eran, fingí tomarlas y esa misma noche desaparecí. Él creyó que su descuido me había matado; lo que no sabía era que mi ausencia activaría un testamento, millones en contratos y la caída de toda su familia.

Don Rafael explicó que Mariana había sido secuestrada cuando tenía tres años y encontrada muchos años después. Para protegerla, él había bloqueado parte de su información personal. El abuelo de Alejandro, amigo suyo desde hacía décadas, fue quien propuso el matrimonio, convencido de que los Cárdenas la cuidarían.

—Les di tres años —dijo don Rafael—. Tres años para que ella decidiera si quería construir una familia con ustedes. Hoy venía a llevarla conmigo. Y tú me dices que desapareció después de tomar un compuesto tóxico.

Se puso de pie.

—Tienes siete días. Viva, quiero verla. Muerta, quiero recuperar su cuerpo. Si no aparece, voy a desmantelar todo lo que lleve el apellido Cárdenas.

Alejandro buscó día y noche y, al hacerlo, comenzó a descubrir a la mujer que había vivido junto a él sin que él se molestara en conocerla.

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