Después de tres años engañándome con anticonceptivos, mi marido dejó sobre la mesa cuatro cápsulas peligrosas y dijo con indiferencia: “Son de calcio”. Yo reconocí lo que eran, fingí tomarlas y esa misma noche desaparecí. Él creyó que su descuido me había matado; lo que no sabía era que mi ausencia activaría un testamento, millones en contratos y la caída de toda su familia.

Debajo encontró una bolsa sellada.

Dentro había cientos de cápsulas.

Las mismas que él llevaba tres años entregándole como “vitaminas”.

Mariana había descubierto la mentira mucho antes y había fingido tomarlas.

Otra cámara mostró a Mariana salir con el frasco experimental y arrojar discretamente cuatro cápsulas a una coladera.

No había tomado el veneno.

Había planeado su desaparición.

Alejandro se dejó caer contra la pared.

La nota no había sido una despedida suicida.

Había sido una ruptura.

Dos días después, don Rafael volvió acompañado por abogados.

Alejandro se levantó de golpe.

—¿La encontró?

—Sí.

—¿Está bien?

—Está viva. Está segura. Y no quiere verte.

Un abogado dejó una carpeta frente a él.

Demanda de divorcio.

La firma de Mariana estaba en la última página.

Alejandro no tocó la pluma.

—Solo quiero hablar con ella una vez.

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