PARTE 2
El número pertenecía al despacho de Gabriel Salcedo, abogado de Ernesto Montemayor, un anciano de ochenta y un años al que yo había atendido durante cinco años en el archivo de una casa de antigüedades de la colonia Juárez.
Ernesto era difícil, sarcástico y desconfiado. Sus hijos casi nunca lo visitaban. Yo sí. Le llevaba té de hierbabuena, catalogaba sus documentos y escuchaba historias que ya había contado diez veces.
Siempre creí que era un profesor jubilado con demasiado carácter y demasiados libros.
Me equivoqué.
Cuarenta minutos después de mi llamada llegó un vehículo negro con chofer. Gabriel Salcedo venía dentro.
—Señora Ríos, llevamos dos días buscándola.
Abrió una carpeta y me enseñó el testamento.
Ernesto Montemayor había muerto dos días antes de mi accidente. Había sido fundador discreto de Grupo Montemayor, un conglomerado con hoteles, desarrollos inmobiliarios, una financiera y varias marcas de joyería y moda.