—Busca una abogada —le dije.
—No tengo.
Le di el contacto de una asociación que orientaba a madres sobre pensión y reconocimiento de paternidad.
Mi madre abrió los ojos cuando se lo conté.
—¿Ayudaste a la mujer que se metió con tu marido?
—Ayudé a una bebé a no depender de la buena voluntad de Teresa.
Elena me observó unos segundos y después asintió.
—Eso sí te lo enseñé bien.
No perdoné a Fernanda. No nos hicimos amigas. Aprendí algo más difícil: poner límites no obliga a desear la destrucción de nadie.
El divorcio tomó meses.
Sebastián empezó a ver a Mateo con un esquema acordado. Al principio llegaba con regalos absurdos: un oso enorme, ropa carísima, juguetes para edades que ni siquiera correspondían.
—Quiero darle lo mejor —decía.
—Lo mejor es que llegues a la hora que prometiste.