—Para que esta casa empiece con algo vivo.
Mateo dio sus primeros pasos allí.
También dijo “mamá” allí.
Y meses después dijo “papá” cuando Sebastián llegó por él un sábado.
Esa palabra me atravesó.
Una parte de mí todavía veía al hombre que había entrado al hospital y preguntado: “¿Ya nació?”
Pero Mateo no tenía por qué heredar mi herida.
Así que me impuse una regla: nunca mentirle para proteger a Sebastián y nunca usar la verdad para hacer que mi hijo lo odiara.
Cuando su padre cancelaba, yo decía:
—Hoy papá no pudo venir. Sé que te pone triste.
No inventaba tráfico ni reuniones.
Cuando cumplía, simplemente decía:
—Papá llegó. Ve por tus zapatos.
Con el tiempo, Mateo y Emilia empezaron a coincidir algunas veces.
La primera fue en una consulta pediátrica. Fernanda estaba al otro lado de la sala con su hija. Emilia tenía los mismos ojos oscuros de Sebastián.