Durante meses imaginé que esa pregunta me daría satisfacción. No fue así.
—Tal vez algún día deje de doler. Pero perdonarte no significa volver contigo.
—¿No hay ninguna posibilidad?
—No.
—¿Por Fernanda?
—Por ti, Sebastián. Por la forma en que mentiste. Por escribirme “aguanta” desde otro piso mientras sostenías a otra bebé. Por dejar que tu madre creyera que mi posparto era el momento perfecto para obligarme a aceptar lo que ustedes ya habían decidido.
Se le humedecieron los ojos.
—Yo no sabía lo del mensaje del heredero.
—Pero sí sabías que tu madre conocía el embarazo.
No respondió.
—Eso basta.
La casa donde vivíamos se vendió conforme al acuerdo patrimonial. Con lo que me correspondía compré un departamento más pequeño cerca de mi madre y de un parque.
Elena llegó el día de la mudanza con una bugambilia enorme.