Daniela fue a vernos al día siguiente.
—No tienes que decidir toda tu vida hoy —me dijo—. Pero sí debemos proteger documentos, cuentas y la rutina de Mateo.
Sebastián y yo estábamos casados bajo sociedad conyugal. Revisamos movimientos bancarios y ahí apareció la segunda traición.
En seis meses había usado más de cuatrocientos mil pesos de recursos comunes para pagar la renta de Fernanda, consultas, medicamentos, muebles, una cuna, una carriola y gastos médicos. Parte salió incluso de una línea de crédito de la que yo era cotitular.
Mientras yo comparaba precios de pañales y aceptaba reutilizar muebles porque él decía que “había que cuidar el dinero”, Sebastián financiaba otra casa.
Lo cité con Daniela presente.
Cuando vio las hojas, no negó nada.
—Yo iba a reponerlo.
—¿Cuándo? —pregunté—. ¿Después de decirme que la empresa estaba pasando por un trimestre difícil?