Al día siguiente, Diego fue al manzanar. Encontró a Lucía encaramada en una escalera recogiendo los últimos frutos. Tras ayudarla a bajar las canastas, se sentaron junto al fogón y él le transmitió la propuesta sin rodeos ni adornos.—¿Usted qué haría? —preguntó Lucía pensativa.
—Si fuera mi trabajo, querría que la gente supiera quién lo hizo.
—Eso no paga el azúcar.
—No —reconoció Diego—, pero tampoco el azúcar vale tanto como para comprarle a uno el nombre.
Esa misma noche, una helada implacable cayó sobre el valle, arruinando casi la mitad de las manzanas que quedaban por cosechar. Con las deudas de la acequia encima y el invierno a la puerta, Lucía sintió que sus fuerzas flaqueaban. Doña Teresa, la dueña del terreno, intentó animarla recordándole que los árboles viejos soportan inviernos peores. Horas más tarde, Diego apareció con dos kilos de azúcar comprados en el pueblo. Cuando Lucía insistió en que no quería deberle favores y le preguntó por qué regresaba tanto, él se cansó de poner excusas de trabajo: