—Porque pensé que necesitaría ayuda después de la helada… y porque quería verla.
Esa noche pelaron manzanas hasta tarde. Mientras las brasas alumbraban la cocina, Lucía le confesó por qué defendía tanto su nombre: en Durango había servido en una casa acomodada donde la patrona se atribuía sus dulces diciendo a los invitados que los compraba a una cocinera francesa. Por eso juró que, aunque solo vendiera un frasco en toda su vida, llevaría su nombre completo.
El sábado viajaron a Canatlán acompañados por la aguda doña Teresa. Don Esteban probó la conserva y quedó encantado, pero insistió en que los clientes recordaban mejor las tiendas. Lucía no cedió ni un centímetro: propuso dos etiquetas o ningún trato. Impresionado por la firmeza de sus manos trabajadoras y su carácter, el comerciante aceptó un lote de prueba de doce frascos a veinte centavos. En menos de cinco días las conservas volaron; viajeros y fonderos pedían más. Don Esteban no tardó en volver al manzanar, esta vez ofreciendo pagar etiquetas impresas formales con el nombre de Lucía bien visible.
Semanas después, una tormenta destruyó la compuerta de la acequia, amenazando con ahogar las raíces de los árboles jóvenes. Al día siguiente, Diego se presentó con tres vaqueros del rancho que ofrecieron su tarde libre para palear lodo, clavar madera y desviar el agua. Al despedirse junto al portón, Lucía le advirtió que jamás abandonaría su manzanar por nada ni por nadie. Diego, sin titubear, le aseguró que jamás le pediría semejante renuncia.