A finales de abril se casaron en la iglesia del pueblo. Lucía vistió de marfil con flores de manzano en el cabello y el festejo se celebró bajo las ramas en flor de la huerta, entre tortillas, carne asada y frascos de conserva sobre cada mesa.
Los años que siguieron trajeron sequías, heladas imprevistas y pérdidas de ganado, pero ambos aprendieron a sentarse a la mesa a dialogar antes de que el orgullo levantara muros. Diego hizo crecer su ganado y Lucía contrató a una viuda local, Rosa, pagándole con justicia y respeto. Tres años después, Lucía reunió el dinero y firmó con orgullo la escritura que la convirtió en dueña legítima de sus tierras bajo el letrero «Manzanar Morales».
Cinco años después de aquella primera venta de dieciocho frascos, cuando los viajeros se detenían maravillados frente al huerto florecido, Diego todavía salía al corredor para recordarles con orgullo que toda esa historia había comenzado con una compra de cuatro pesos con cincuenta centavos. Y cada otoño, cuando caían los primeros frutos maduros, el vaquero bajaba a la cocina con las dieciocho mejores manzanas para encargarle a su esposa la misma tanda de conserva, recordándole entre risas y cuchillos que aquella compra había sido la mejor excusa de su vida para volver a buscarla.