Al día siguiente, Diego fue a buscar a Lucía. Le explicó el nuevo plan y, de repente, se arrodilló frente a ella sacando una modesta cajita de madera tallada por sus propias manos, con un anillo sencillo de plata adentro:
—No puedo prometerle riquezas ni una vida sin apuros —le dijo con la voz temblorosa pero firme—. Pero le prometo que no consideraré sus sueños menos importantes que los míos, que trabajaré a su lado y que jamás le pediré que deje de ser la mujer que escribió su nombre en aquellos primeros frascos. ¿Aceptaría casarse conmigo?
Lucía, ahogada en llanto, asintió y lo abrazó con todas sus fuerzas. Poco después de Navidad, doña Teresa completó la dicha: reconociendo el empeño de la joven, le otorgó un contrato de arrendamiento por diez años con opción a compra sobre la parte del manzanar que había rescatado del abandono.