Diez años atrás, la prima de doce años de mi marido sustituyó el confeti de nuestra boda por huevos podridos y convirtió mi vergüenza en el chiste de toda la familia. “Perdónala, todavía es pequeña”, me pidieron. Nunca recibí una disculpa sincera. En su boda, con mi hijo de nueve años a mi lado, sonreí al ver lo que estaban proyectando…

Camila empezó a reírse.

—¡Mira cómo lloraba! ¡Parecía una gallina mojada!

Mateo observó el video sin sonreír.

Luego me abrazó y preguntó:

—Mamá, ¿por qué todos se reían cuando estabas sufriendo?

Antes de que pudiera responder, Camila soltó una carcajada.

—Porque tu mamá siempre fue demasiado delicada. ¡Y mañana voy a poner ese video en mi boda para que todos se diviertan!

Ricardo estaba escuchando.

Y, en lugar de detenerla, también sonrió.

Esta vez comprendí que los diez años transcurridos no habían cambiado absolutamente nada.

Lo que Camila no imaginaba era que yo había conservado algo mucho más importante que sus recuerdos.

PARTE 2

—Por cierto, Mariana, espero que hayas traído un buen regalo —comentó Camila mientras apagaba la tableta—. Mi boda va a ser mucho más elegante que la tuya.En ese momento apareció su prometido, Esteban Ríos, un joven que trabajaba en una importante empresa de autopartes. Llegó cargando bolsas de tiendas exclusivas y comenzó a repartir regalos entre las damas de honor.

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