Diez años atrás, la prima de doce años de mi marido sustituyó el confeti de nuestra boda por huevos podridos y convirtió mi vergüenza en el chiste de toda la familia. “Perdónala, todavía es pequeña”, me pidieron. Nunca recibí una disculpa sincera. En su boda, con mi hijo de nueve años a mi lado, sonreí al ver lo que estaban proyectando…

Camila se colgó de su brazo.

—Esteban gana muchísimo dinero. Sus papás le compraron una casa preciosa y tenemos una camioneta nueva. Después de casarnos, ya no voy a tener que preocuparme por trabajar.

Mi suegra asentía orgullosa.

Entonces Camila lanzó su verdadera petición.

—Mariana, todavía debemos doscientos ochenta mil pesos del salón, la decoración y otros servicios. Como tú eres directora y ganas tan bien, pensamos que podrías encargarte de ese pequeño pendiente.

Me quedé mirándola.

—¿Pensaron?

—Tu suegra dijo que seguramente aceptarías —intervino Esteban—. Después de todo, somos familia.

Ricardo me tomó del brazo.

—Hazlo, Mariana. Es un regalo de bodas. No seas tacaña.

Recordé los ochenta mil pesos que había pagado para la boda de su hermana. Los gastos médicos de Beatriz. Las colegiaturas de Camila cuando estudiaba en una universidad privada.

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