Durante diez años, mi dinero había sido de todos, pero mis sentimientos nunca habían importado.
Sonreí tranquilamente.
—No se preocupen. Mañana les entregaré un regalo que jamás van a olvidar.
Camila sonrió, convencida de que había conseguido lo que quería.
Esa noche, Mateo me preguntó por qué su papá nunca me defendía.
No supe qué responderle.
Solo lo abracé y le dije:
—Hay personas que confunden querer a su familia con permitirle hacer daño a los demás.
A la mañana siguiente llegamos al elegante salón de recepciones.
Había arreglos de rosas blancas, enormes lámparas de cristal y más de trescientos invitados.
Sobre el escenario, una pantalla gigantesca mostraba fotografías de los novios.