El otro sacó de su bolsa una máquina eléctrica de cortar el pelo. Al parecer la llevaba consigo porque últimamente cortaba el pelo a sus amigos.
Empecé a forcejear y a llamar al encargado, pero este estaba junto a la puerta y ni siquiera intentó intervenir.
— ¡Por favor, no me toquen el pelo! —gritaba yo.
Un chico me sujetaba por los hombros mientras el otro encendía la máquina.
Unos segundos después, el primer mechón largo cayó al suelo de mármol.
Las chicas se echaron a reír a carcajadas. Una sacó el teléfono y empezó a grabar lo que pasaba.
Yo lloraba e intentaba cubrirme la cabeza con las manos, pero ellos continuaban.
Unos minutos después, mi hermoso pelo yacía en el suelo y en mi cabeza solo quedaban zonas cortas y desiguales.
Uno de los chicos se acercó al espejo, me miró y se echó a reír.