Y la pregunta que me había aterrorizado el día anterior —“¿Su esposo le da algo todos los días?”— había surgido precisamente por eso.
Quería saber qué tipo de alimentación o suplementos podían haber ayudado a mantener algunos indicadores tan estables.
Volvimos a casa en silencio.
Entonces miré a Daniel.
—¿Así que llevas diez años obligándome a tomar la peor sopa del mundo porque pensabas que me estaba ayudando?
Él se rio.
—Sí.
—Todavía la odio.
—Lo sé.
Aquella noche, volvió a caminar hacia las cortinas.
Pero lo detuve.
Abrí una de ellas.
El sol ya se estaba poniendo.
Luego me senté a la mesa.
Daniel puso la sopa delante de mí.
Tomé una cucharada y enseguida hice una mueca.
—Es horrible.
Se rio.
Y esta vez yo también me reí.
Por primera vez en diez años, terminé la sopa sin quejarme.