La voz se le quebró.
—Volvió a suceder la semana siguiente. Pero cuando regresaste de la peluquería con el pelo corto, te reconocí inmediatamente. Durante un tiempo, parecía que tu nueva apariencia me ayudaba.
No podía pronunciar una sola palabra.
—Empecé a tener un miedo terrible de que, si volvías a dejarte crecer el cabello, perdiera aquella imagen familiar que había aprendido a reconocer. Sé que cortarte el pelo no era una solución médica. Los doctores me dijeron que un peinado no podía detener la enfermedad. Pero me aferré a aquella pequeña rutina porque sentía que todo lo demás se estaba escapando de mi control.
Las lágrimas rodaron por sus mejillas.
—No te odiaba, Margaret. Estaba aterrorizado pensando que una mañana despertaría y ya no reconocería a la persona que más amo en este mundo.