Durante treinta y cinco años, mi esposo Víctor colocaba puntualmente dos vasos pequeños sobre la mesa de la cocina cada noche, exactamente a las nueve. Uno era para él y el otro para mí. Sacaba una botella sin etiqueta que guardaba en el estante más alto de la alacena, servía con cuidado el líquido oscuro y me miraba fijamente hasta que yo tragaba la última gota. Siempre repetía la misma frase: «Un vaso por otro día que pasamos juntos» .
Un ritual que se convirtió en obligación.
Al principio de nuestro matrimonio, aquella costumbre me parecía romántica. Pensaba que Víctor solo quería regalarnos unos minutos tranquilos al final de cada jornada. Sin embargo, con el paso del tiempo, dejó de ser una invitación y se transformó en una imposición. No importaba si estaba cansada, enferma o simplemente sin ganas: él ponía el vaso delante de mí y esperaba con una paciencia terca hasta que yo lo bebía.