El líquido tenía un olor penetrante y un sabor amargo insoportable. A veces me quemaba la garganta y otras dejaba un regusto metálico en la boca. Lo más extraño era que Víctor jamás le ofrecía esa bebida a nadie más. Cuando teníamos visitas, guardaba la botella bajo llave. Solo la sacaba después de que todos se marcharan y él cerrara la puerta principal.
Las primeras sospechas
Una noche, cuando nuestra hija Emily tenía dieciséis años, entró a la cocina e intentó oler la botella. Víctor se la arrancó de las manos y le gritó que no la tocara nunca más. Jamás lo había escuchado hablarle así. Esa fue la primera vez que me preguntó qué contenía realmente aquel frasco.
Una vez al mes, Víctor recibió un pequeño paquete por correo. Lo bajaba de inmediato al sótano y regresaba con una botella llena, sin etiqueta. Cuando le preguntaba quién se lo enviaba, respondía que era un viejo amigo, pero cambiaba de tema si yo sugería invitarlo a cenar.