El impacto emocional fue tan grande que rechacé el tratamiento y quemé el informe médico. Con los años, borré ese episodio de mi memoria. Pero Víctor nunca lo olvidó. Buscó un especialista y encargó mis medicamentos en secreto durante décadas. Los vertía en una botella común para que yo no me negara a tomarlos.
El médico me entregó una carta que Víctor había dejado para mí:
«Mi amor, alguna vez me dijiste que no querías sentirte como una mujer enferma todos los días. Por eso convertí tu tratamiento en nuestra pequeña tradición familiar. Mis vasos solo contenían jugo de frutas amargo. Bebía a tu lado para que nunca te sintieras sola. Perdóname por obligarte. Estaba dispuesto a que me odiaras algún día, siempre y cuando siguieras viva cuando ese día llegara».